y ¿a quién le importa?

“He aprendido que un hombre solo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse.” Gabriel García Márquez.

Un corto día en el trabajo.

Un corto día en el trabajo.

Por: Carlos Cuervo.

Aquel día era realmente magnífico para soñar. Por fin, su primer empleo. Su madre no le dejaba siquiera voltear a mirar las cosas en las que pudiese desarrollar su potencial sola. Era sumamente sobre protectora, y el hecho de lograr evadir las tonterías de su madre y poder valerse por sí misma le hacía pensar en lo maravillosa que era la vida.

La entrevista por teléfono había sido un éxito. El trabajo era simple; ir y contestar las llamadas de su jefe. Llevarle café, etc. Era simplemente ser: asistente. Claro, ella tenía el suficiente estudio como para rendir; no tenía un título de secretaria o algo así; sencillamente sabía lo suficiente, tan solo aprovechando los recursos académicos que presta el mundo de hoy: libros, Internet, etc.

Su lugar de trabajo; aún no lo conocía. La calle estaba escondida entre un montón de casas antiguas de la colonización. Era realmente hermosa, pero a pesar de lo hermosa, también se hacía muy solitaria. El lugar que buscaba en la calle, no tenía letrero siquiera. Se sentía extraña; se suponía que era una empresa importante. ¿Por qué rayos no aparecía por ningún lado? ¿Por qué no había siquiera movimiento?

El celular sonó. Lo sacó con cautela mientras seguía mirando las direcciones de aquellas casas hermosas y llenas de flores.

- ¿Hola?

- Hija.- era su madre al teléfono.- ¿Dónde estás?

- Lejos madre.

- No deberías andar sola en la calle.

- Madre, muchas mujeres andan solas en la calle y nada les pasa.

- Tengo un mal presentimiento esta vez, por favor: devuélvete.

- Tú siempre tienes malos presentimientos. Lo lamento, algún día tenía que salir de casa. Adiós madre.

- Espera…

Colgó algo enojada. Su madre no hacía más que entrometerse en su vida. Cualquier jovencita estaría enojada por ello. Después de todo, al final, todos queremos estar solos; nos creemos tan independientes… Y ella no era la excepción. Si bien era cierto que su madre se pasaba, no había necesidad de colgar el teléfono.

- Aquí debe ser.

La casa era enorme, estilo tudor. El tejado era marrón y las paredes blancas. El jardín estaba lleno de pinos estilizados con figuras que hacían forma de marcos mágicos directo a la entrada. Los arbustos estaban llenos de flores que hacían combinación perfecta con el lugar.

Tocó el timbre; era de esos con micrófono.

- ¿Si?- contestó desde el parlante una voz femenina.

- Disculpe, vengo para el empleo de asistente.

- ¿Diana?

- Si señora.

- Pasa hija, pasa…

Entró al jardín y recorrió el bello camino pedregoso. Al llegar a la puerta, ésta se abrió de forma tenebrosa clásica: se abre –al parecer sola- y el sonido chirriante del oxido en las bisagras hace que el efecto sea totalmente estremecedor. No obstante, al terminarse de abrir, un hombre de altura promedio, con cara de estirado y encorbatado le saludó.

- Señorita Diana, bienvenida. Por favor: siéntase libre en este lugar; aunque por ahora, sígame para mostrarle el lugar donde trabajará.

- Disculpe: ¿Quién me contestó?

- La señora presidenta de la empresa. Trabajará para ella.

- ¿Qué clase de empresa es?

- Distribuimos libros a toda la ciudad.

- Oh… genial.

- Si, eso creo… genial.

El caminar del sujeto ciertamente hacía gracia. Era bastante desgarbado para caminar, y esto era realmente divertido. Diana no pudo evitar sonreír un poco al verle caminar. Era una muchacha alegre, su naturaleza era inocultable.

- Por aquí: es la oficina de la presidenta. Pasa por favor. Seguro te hará bien conocer primero con quien trabajarás.

- ¿Hay más empleados?

- Los había…

Dicho esto, se fue de manera silenciosa. Diana se quedó pensativa; ¿A qué rayos se refería con “los había”?

Se dirigió a la puerta y abrió con calma. Nuevamente el chirriar del oxido en las bisagras la hizo estremecer un poco.

- Creo que hay que echarles aceite a esas cosas.- afirmó desde el fondo del cuarto, una mujer de unos cuarenta y cinco años tal vez. Con una cabellera realmente bella y corta. El color negro general de su cabello, hacía un perfecto contraste con el blanco de sus canas logrando pequeños adornos naturales. Su vestido negro de ejecutiva y sus joyas la hacían ver como una mujer realmente provechosa.

- Permiso. Soy Diana.

- Si, lo se, no podías ser otra persona llegando a mi oficina.

- ¿Por qué?

- ¿Realmente importa? Te diré lo que harás, siéntate.

La oficina estaba adornada de madera y cuadros con retratos. Algunos cuadros tenían títulos universitarios y otros, simplemente pinturas.

- Bien, presta mucha atención. Las llamadas son sumamente importantes. El estreno de libros es muy común por estas fechas en las que la gente compra más de lo normal. Incluso debes tener cuidado con las nuevas versiones revisadas de libros que antes llegaban. Tendrás que anotar cada una de las llamadas de forma exacta cuando yo no esté; de resto, deberás pasármelas inmediatamente.

- Si señora.

- Algo más: la agenda es esta:- le entregó un viejo libro vinotinto y adornado con iniciales. – tendrás que llevarla adecuadamente. No te pongas a preguntarme cuándo tengo libre, porque ahí dice. ¡Ah! Y los domingos tendrás que dejarlos quietos, es cuando voy a la iglesia. Por otro lado, no me pases citas, ni llamadas de estas personas.- entregó ahora una lista en un papel.

- Si señora.

- Bien, ahora ve y siéntate a trabajar muchacha. Instálate en el escritorio junto a la puerta. Si te necesito, te llamo.

- Si señora.

- No me llames señora, es para ancianas. Llámame: Doctora.

“uy, que diferencia” pensó Diana mientras asentía con todo el cuerpo en forma de venia. Se sentó y miró lo ordenado que estaba todo. Frente a ella, un computador portátil la esperaba y un teléfono con audífono y micrófono le aguardaba.

- Genial, no tendré que sufrir de dolor en el cuello por escribir mientras tengo la cara inclinada por el teléfono.- mencionó.

Casi de inmediato se puso el audífono, la doctora la llamó:

- Diana, no he desayunado. Busca a Edmund y dile que me traiga de comer. Ten cuidado donde lo buscas, no quiero perder más asistentes.

- ¿Perder?

- Vete ya.

- Si señora.

Diana aún se preguntaba la razón por la que aquella mujer hablaba así. ¿Cómo estaba eso de perder asistentes? Cualquiera fuera la razón, ciertamente era un poco inquietante.

- Señor Edmund…- llamaba como buscando. – Señor Edmund…-

Se dirigió a la cocina. Ahí no estaba. El silencio en una casa tan antigua es realmente perturbador. Estaba algo nerviosa, cuando logró dar un pequeño salto por el timbre del celular. Lo contestó con los pelos de punta y agitada.

- Hija, ven para la casa. Esta vez te juro que tengo un mal presentimiento.

- Mamá, ya estoy trabajando. Todo va bien, simplemente soy asistente de una empresaria.

- Hija, eso no es lo malo; es que de veras, tengo un mal presentimiento.

- Ya mamá, no voy a aguantar que me saquen de mi primer empleo por un supuesto tuyo. Siempre me quieres estar sobre protegiendo. No me lo aguantaré más.

- Hija, por favor…

- Adiós mamá.

- Hija…

Nuevamente colgó. Tras que le había pegado un susto de la madre, le estaba tratando de arruinar la vida.

- ¿Cómo cree?

Siguió caminando por la tenebrosa casa antigua. Pero no podía evitar notar lo hermosa que era. Limpia y perfecta…

- ¿Señor Edmund?- subió las escaleras. Ningún sonido de oxido en los clavos. Eso era una bonita señal para ella.

El pasillo de los cuartos salía de ambos lados de la escalera. ¿Por donde empezar? Pero algo la detuvo: el sonido de una puerta justo bajo las escaleras…

- ¿Señor Edmund?- llamó de nuevo mirando hacia abajo por la baranda de las escalas.

La puerta estaba entreabierta.

- ¿Estará ahí? Eso no estaba abierto.

Bajó las escaleras tranquila y se dirigió a aquella puerta. Habían más escaleras que bajaban como por un pasillo cerrado. Las paredes eran blancas con base de piedra. Las escaleras estaban adornadas con un tapete vinotinto.

- Bien, abajo ha de estar.

Bajó las escaleras con cuidado y muy tranquila. Aunque realmente le asustaba que el fondo estuviese tan oscuro…

La doctora estaba redactando y mirando formas. De pronto oyó un grito de mujer que se ahogaba a lo largo de la casa.

- No puede ser. Debo dejar de mandarlas por Edmund…

Diana estaba tirada en el rincón del lugar, mirando la horrible escenografía: Mujeres muertas, colgando y desnudas. Algunas ya en estado de descomposición y otras moradas y oliendo a formol…

- Dios, Dios, Dios…

El sonido del abrir de la puerta la interrumpió. Se quedó callada y solo pensaba en salir de ahí. Miró para todos lados, parecía no haber salida. Tenía que arriesgarse a mirar tras el librero del fondo. Tal vez había una salida del sótano. Se dirigió a gatas por el suelo.

- ¿Quién está ahí?- preguntó la estirada voz de Edmund.

El corazón de Diana palpitaba como nunca… Al mirar hacia arriba, notó una ventanilla; a lo mejor cabía por ahí. Se metió y logró con algo de dificultad salir por esa ventanilla que daba al jardín trasero.

El lugar era hermoso, lleno de árboles, y un muro con enredaderas lo cercaba.

- No puede ser…

Corrió para escapar por el lado izquierdo. Pero notó que la puerta de la cocina que daba al lugar se abría por ese lado. No le quedaba más alternativa que esconderse tras los arbustos.

Edmund salió y se dirigió inmediatamente a la ventanilla.

- jummm… ¿Quién te abrió? La colección estaba completa…

Miró de un lado a otro. Sabía que no debía estar lejos. Empezó a buscar tras los árboles, pero no veía nada.

- ¿Sería mi imaginación?- se preguntó.

Estaba a punto de irse cuando oyó el timbre del celular de Diana en los arbustos…

- No, no, mamá, deja de timbrar…- susurraba Diana mientras intentaba apagarlo con nervios.

Edmund se dirigió al lugar. Encontró a la chica tratando de apagar el celular.

- Señorita Diana.

- ¡NOOO!- gritó tirándole el celular en la cara.

Edmund la agarró de la cintura cuando trató de huir. Ella luchaba pataleando y gritando.

- Por favor, no grite, no me haga tener que maltratar su bello cuerpo para acallarla.

El celular seguía timbrando. La madre de la chica estaba inquieta, no contestaba; eso era realmente extraño…

La doctora salió de la oficina y vio como se cerraba la puerta del sótano de un azote.

- No duró nada…- mencionó.

El teléfono sonó. Inevitablemente le tocaría contestar.

- ¿Hola?

- Disculpe. Es para lo del trabajo que ofrecen de asistente.

- Claro amor… ¿tu nombre es?

La madre de Diana timbraba impaciente el teléfono. Seguía sin contestar… No tenía ni idea del lugar a donde había ido su hija. Su única esperanza era que Diana contestara… Las lágrimas brotaban incesantes por su rostro pensando que su hija ya no le quería hablar o que su mal presentimiento era real…

- Contesta hija… contesta…

En el jardín, el celular estaba vibrando y sonando como loco. Mientras, por la ventanilla se podían oír los gritos de Diana, ahogándose poco a poco…

Una respuesta para “Un corto día en el trabajo.”

  1. Rosario Cuervo escribió

    Que historia más triste, pero como todas me deja una enseñanza, se me arrugó el corazón leyendo e imaginando a tu hermana en esa situación, que dolor más grande. La historia es buena, es entretenida, absorvente, de las historias que comienzas y no puedes dejar de leer, muy buena historia…..

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