
Si un día vas pasando por los pasillos de mi universidad, es probable que sientas un repentino empujón provocado por tus nervios al escuchar furibundas palabras de disgusto de un alumno. Cada clase es un debate distinto sobre la vida en general y la sociedad que les rodea. A cada paso que pudieses lograr después de tan terrible jaqueca, oirás entre el eco de tus pisadas a un montón de alumnos que dicen tonterías y a unos cuantos que formulan cuestiones lógicas. ¿Pasa esto en cualquier universidad?
Pero a pesar de estar caminando por todo el lugar, te darás cuenta que tu marcha es infructuosa; porque jamás encontrarás al origen de tan sabias formulaciones en tu camino. Y esperarás a que salgan todos los que en aquel mágico lugar de sabiduría habitaban y aún así te entristecerás al mirar máscaras sobre rostros magníficos y tantos hombres como mujeres que cosen sus labios para no dejar escapar de ellos la idea que de sus cabezas huía.
¿Dónde están los pensadores? ¡Sabías bien que cambiarían el mundo! Entraste y los buscaste en el santuario donde se reúnen pero no encontraste nada… ¿Qué será de este podrido universo sin aquellas flores que emanan de sus fértiles cabezas?
Metiste las manos entre tus bolsillos y caminaste algo melancólico. Te preguntabas en tu mente por aquella palabra que tanto solía gustarte en tus héroes infantiles: Valor. ¿Qué ha sido de él? ¿Por qué nos escondemos tras las paredes creadas por nuestra cobardía? ¿Acaso estamos a salvo?
Te detuviste. Había alguien sollozando…
La máscara de aquella sombra estaba aferrada y sus manos intentaban quitarla desesperadas. Cada dedo de su extremidad sangraba tratando de desgarrar sus labios con la fuerza con que halaba el hilo de su boca. Las lágrimas fluían de todo su cuerpo como sudor. Parecía que explotaba y sus poros dejaban salir sangre a chorros.
¿Dónde quedó el valor? Te vuelves a preguntar. ¿Es el miedo a uno mismo capaz de ahogar los despliegues de la sabiduría divina?
Saliste de mi universidad y encontraste un árido desierto. Los cadáveres estaban por todas partes como si de maleza se tratara. Pero un punto en el frío inhóspito te hizo el llamado. Un pequeño lugar, frondoso y majestuoso. Tenía flores alrededor y un pájaro que temía salir de ahí.
Te acercaste pisoteando los cuerpos. Y sobre el verde lugar, encontraste una simple hoja de papel blanco. Tenía bellas letras formando magníficos mensajes. En cuanto la tomaste para ti, tus pisadas hacían florecer a cada paso y tu vaho limpiaba el aire alrededor… ¿Qué era aquella magia?
Chorros de papeles caían y se revolcaban en el suelo del lugar. Los cuerpos empezaron a levantarse y la tierra se tornó negra, para luego ser opacada por las plantas bellísimas que de ella salían. ¿Qué pasa? ¿Qué son estas cosas?
Corriste tan rápido como tus piernas dieron acceso a ello. Y notaste que de mi universidad salía a montones aquel magnifico material vital. Entraste y caminaste entre las máscaras con bocas cosidas. Empujabas bruscamente a tan infernales despojos para encontrarte con algo magnífico: Una máscara rota, un montón de hilo en el suelo y unos dedos sanos en una mano fuerte que sostenía una pluma haciendo fricción sobre el papel.
Con cada línea de tinta la sonrisa y vigor de aquella sombra se hacían más poderosos…
Te colmaste de alegría y encontraste el valor. Miraste tus manos sangrantes y sin miedo a cortarte, arrancaste el hilo que tu sombra había intentado disolver. De un tajo quebraste la máscara y calló en dos partes sobre el suelo. Tomaste un enorme respiro mirando al cielo y con una pluma que ya tenías en tu mano hacía mucho, empezaste a llenar de tinta toda mi universidad; paredes, vidrieras, puertas, suelos, techos y hasta libros.
Y así fue como la colmaste de vida…
Carlos Cuervo.