y ¿a quién le importa?

“He aprendido que un hombre solo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse.” Gabriel García Márquez.

Caperucita.

Caperucita.

Por: Carlos Cuervo.

Esta es de aquellas historias que no tienen muchos capítulos. A duras penas si se cuentan de forma rápida para ser recordadas por siempre de una forma certera. Ya hace tiempo, la leyenda corría en la tierra de las muchas nieves. Así solían llamar a su tierra, aquellos lugareños que cuentan esta leyenda.

Su capilla roja ondeaba con el viento. Por aquellos días habían muchas tormentas de nieve; tenía que buscar refugio…

Las huellas iban desapareciendo tapadas por la tormenta. El ruido del viento como silbido en medio de las ramas de los árboles sin hojas se oía realmente tenebroso…

- Qué frío.- decía mientras un leve vapor salía por su calida boca como si estuviese fumando.

Llevaba algo de suma importancia en su canasta tras la espalda: su equipaje. Había huido de casa; su tío ya la tenía harta, le espiaba y le proponía cosas. Estaba tan enfermo… Pero su madre no creía una sola palabra y ella no se quedaría para que su tío le devorase el alma a quitándole una parte de su cuerpo. El camino había sido largo, pero para una chica de 15 años, con tanta energía, no sería mayor cosa. Sólo le quedaba un poco de cerveza y una hogaza de pan. Realmente tendría problemas si no llegaba a una cueva a tiempo…

El crujir de la nieve sonó como si se parase aquel, en un montón de almohadas de pluma. Su pata era peluda y sus huellas grandes y redondeadas…

Llevaba ya un tiempo sin comer, y olía algo que aún iba caliente en medio de tan terrible tormenta. Sus ojos penetrantes y blancos se dirigían a todas partes tratando de ver en medio de la tormenta. No, no podía ver ningún ser vivo en aquel lúgubre escenario. El viento movía su pelo en un bello espectáculo como sabanas azotadas por la brisa de la lluvia.

Bajó su trufa. Intentó olfatear, pero la tormenta le impedía conseguir más que un leve olor escondido por la nieve. Siguiendo su instinto, siguió el tenue olor por donde parecía ir más caliente.

De nuevo un crujir cerca de las huellas…

-Maldita tormenta.- dijo la voz de un hombre.

Ya estaba viejo y su apariencia era como de borrachín. Su barba crecida y su evidente falta de aseo dental lo hacían sumamente desagradable.

- Maldita niña que se metió a la maldita tormenta… Cuando la encuentre le daré una sorpresa…-Era su tío macabro, quien tenía planes de su misma naturaleza…

Una pequeña cueva llamó su atención. Debía quedarse ahí. La tormenta estaba empeorando y sus piernas no resistirían más nieve congelándolas. Tenía algunos maderos y algo de aceite; seguro podría prender el fuego.

Colocó los maderos en su lugar. Echó algo de aceite. El refugio era muy pequeño y acogedor. Lamentablemente, la fría ventisca se hacía sentir desde la entrada. Algo de calor no le vendría mal, tenía suerte que aquel frío viento no fuese tan fuerte en la cueva.

El sonido de la rápida respiración de nuestro agitado lobo solitario se hacía notar contra el de la tormenta. El crujir de la nieve bajo sus patas era tenue. Tan poco sonoro que a duras penas si se escuchaba un par de veces por minuto en medio de aquella tempestad. La blancura de la nieve contrastaba con su plateada piel y sus blancos ojos con pupila negra mirando en la precisa dirección de la cueva.

Dentro, aquella niña no lograba prender el fuego… Empezó a escuchar la agitada respiración del lobo. Asustada, se escondió en un pequeño rincón. Tenía la hogaza de pan en su mano, estaba tan dura por el frío, que seguramente, haría correr a cualquier criatura con un buen golpe de parte suya.

El crujir se escuchaba ligeramente en medio del silbido tenebroso del viento. La oscuridad de la cueva no daba una gran visibilidad, pero la sombra de nuestro peludo amigo no se hace esperar llegando en medio de aquella escena vista por la niña: la entrada iluminada y blanca por la nieve, pero el resto tan oscuro como el alma de su tío…

Simplemente debía llegar donde su abuela y ahí, vivir feliz con ella, quien era una campesina bastante trabajadora. Sin embargo, el destino no le ayudaba mucho, la nieve había dejado de sonar. El lobo estaba dentro de aquella pequeña cueva. Su temor era enorme. No más de pensarlo sentía que le dolía la cabeza.

Se escuchó un chapoteo. Era inevitable; la poca cerveza que había servido, tan tibia y fresca, era bebida por su carnívoro adversario. Pero si llegase a hacer un solo movimiento, el lobo lo sabría y la atacaría. Sería mejor quedarse callada…

Ya habían pasado algunos minutos en medio de tal oscuridad…

El lobo empezó a gruñir ferozmente…

- ¡Isabella! ¡Isabella!- era indiscutiblemente la voz de su tío.

El lobo era poca cosa comparado con él. La ventaja que tenía, era que su tío no veía en la oscuridad. Pero si venía con una antorcha, estaba frita.

Sus sucias botas entraron en la cueva. Oía como el lobo gruñía, pero él no prestó atención, podía ser la pequeña roncando. Era perfecto para sus planes. Se aventuró a la búsqueda de la pequeña Isabella en medio de la intensa oscuridad de aquel lugar…

Deslizó sus manos por el suelo esperando hallar su cuerpo sobre la roca. El lobo dejó de gruñir. Lo podía ver todo, simplemente rodeó a aquel pedazo de carne cálida y fresca que se movía…

Sus asquerosos dientes empezaron a crujir con el frío mientras seguía buscando a la pequeña que estaba en el rincón. Ella misma no sabía lo que ocurría… Las uñas del lobo se oían lentamente y la risa de enfermo mental de su tío parecía que se acercaba cada vez más a ella.

Su corazón empezó a latir. Tal vez debió quedarse en su casa, si su madre hubiese oído sus gritos habría visto que era cierto y habría sacado a ese maldito minero. Por otro lado, estaría caliente y no a solas con un devorador de carne y un devorador de almas…

De nuevo el gruñido del lobo sonó, aquel hombre giró pues le escuchó tras de sí. Al girar sintió algo encima muy peludo que se lanzó contra él y le tiró al suelo, seguido de un ladrido continuo.

Empezó a gritar en cuanto el primer zarpazo llegó a su carne. Ahora sabía que la niña estaba muerta y que ese lobo lo quería muerto también. Debía hacer lo posible por terminar con ese momento y salir vivo del dilema.

Los gritos eran sumamente fuertes, parecía como si se ahogara mientras gritaba…

Isabella se tapó con su caperuza roja la cara y con las manos los oídos… El sonido era tan cruel que no lo resistía y si lloraba, también sería deborada…

No paraban los ladridos y los gritos una y otra vez. De pronto, se detuvieron con un ahogo profundo… El silencio fue interrumpido por el sonido del desgarre muscular. El lobo había ganado su batalla y ahora recuperaba fuerzas con una buena parte de carne caliente y fresca…

El olor se hacía insoportable. Ciertamente su tío era asqueroso por fuera y por dentro, pero en su interior se sentía feliz que hubiese muerto…

Afuera de la cueva, la ventisca se tornó más fuerte y empezó a tapar la entrada. Aquel lugar tan oscuro, ahora estaba peor. Ella en aquel rincón se sintió adormecida. Era extraño, no solía dormir a esa hora, pero se quedó dormida… El crujir de dientes no se hizo esperar; el frío era incontenible. Pero el lobo no interrumpiría su comida por nada. Sin embargo, a pesar de la hipotermia que Caperucita estaba sufriendo, no se despertaba…

Pasó el invierno y la madre de caperucita fue a la casa de la abuela…

- ¿Madre? ¿Estás aquí?-

- Ya voy…-

La abuela abrió la puerta y saludó.

- Hola.-

- Hola madre. Mi hija venía para acá, hace varios meses… Quiero verla…-

- ¿De qué hablas hija? Ella no está aquí…-

Se dice que cuando estás en una ventisca, y oyes un crujir de dientes, es por que estás perdido… Pero ya saben, no hay que creer en esas boberías de pueblerinos… Mejor quedarse en este mundo y enfrentar nuestros problemas, antes de vernos en otro que no conocemos, enfrentando los problemas de ese otro mundo…

Fin.

Escribe un comentario

XHTML: Puedes usar estas etiquetas: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <pre> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>